Opinión |

La democracia y las cicatrices que no cierran. 29 de diciembre de 2018 (derf)

El año nos deja la impresión que nuestra democracia va perdiendo calidad e intensidad. Sin embargo, no damos con las marcas de esta fragilidad y preferimos atar su debilidad a los azares del tiempo y el espacio.

Vamos un poco más atrás en el tiempo para indagar y nos encontramos con la caída del Muro de Berlín, que fue mucho más que una frontera geográfica, porque a uno y otro lado se consolidaron dos modos de entender la política, la cultura, las ideologías, la humanidad misma.

 

 

 

 

Las ruinas de ese muro son la cicatriz que nos dejaron los principales totalitarismos del siglo XX. Cicatriz que no se termina de cerrar y sangra con las desigualdades, y así los muestra hoy Francia con los chalecos amarillos.

América Latina, por su parte, es una región democratizada que, mantiene niveles críticos de pobreza y desigualdad por lo que la inequidad ya es un fenómeno estructural. Esto implica repensar y reformular la relación entre democracia e igualdad.

El desencanto, y, hasta la indiferencia con la democracia se sustenta, en gran medida, en los grandes niveles de desigualdad existentes. Lo vemos perfectamente dibujado en nuestra economía donde un jubilado debe vivir (y pagar medicamentos) con menos de $10.000.

Por eso podemos decir, ya sin dudas que la desigualdad y la pobreza erosionan el tejido democrático, agudizan la falta de cohesión social, y nutren el desencanto con la democracia.

 

El Papa argentino

Francisco expresó muchas veces su descontento por la desigualdad, lo hizo en varias oportunidades. En todos los lugares del mundo que visitó, denunció la dramática desigualdad entre quien tiene demasiado y quien no tiene nada, y siempre agrega un pedido por modalidades más justas de reparto.

El enojo del Papa, sin embargo, viene de las críticas de Jesucristo con los fariseos “¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas!, que cierran la puerta del reino de los cielos para que otros no entren. Y ni ustedes mismos entran, ni dejan entrar a los que quieren hacerlo.”

Esta Navidad, el papa Francisco envió un mensaje contra la desigualdad social en su discurso navideño en el que recordó la paradoja de estas fiestas “cuando unos pocos banquetean espléndidamente y muchos no tienen pan para vivir”. Mal hacemos si pensamos que el mensaje de Francisco fue para los argentinos, porque fue para el mundo.

Pero en las palabras del Papa está implícito que no le gusta la solución que ofrece el liberalismo a las desigualdades. Lo que pone en evidencia Francisco, son los problemas del pensamiento liberal para abordar las, ya de por sí, complicadas relaciones ente democracia y religión.

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