Opinión | Juan Domingo Perón | peronistas

Lo querían traer a Pocho

Yo tenía trece años y cursaba, no muy gloriosamente, segundo año del Instituto Superior Porteño. En ese tiempo, éramos muy pavotes en comparación con los niños tecnológicos del siglo XXI, es decir mis nietos.

Yo tenía trece años y cursaba, no muy gloriosamente, segundo año del Instituto Superior Porteño. En ese tiempo, éramos muy pavotes en comparación con los niños tecnológicos del siglo XXI, es decir mis nietos. Y entre los pavotes, yo era un posible postulante a portar la bandera.

La Revolución Libertadora, a más de librarnos de la dictadura peronista –la Segunda Tiranía, como nos enseñaba el profesor de Educación Democrática- me había beneficiado con la eximición de todos los exámenes que hubiera tenido que rendir, al establecer el 4 cómo nota de aprobación. Seguramente ese era el nivel en que había quedado la educación en los tiempos los libros de lectura se saturaban de consignas cómo Perón, papá o Evita, mamá. Gracias a la libertad había podido aprobar primer año, tras mi olvidable ingreso a la escuela media.

Yo era un niño peronista, aunque la necesidad de ser aceptado en el medio social y ¡escolar! En que me movía me obligaba a tratar de disimularlo. Había pasado largos años escuchando las debates en que se solían embarcar los adultos de mi familia que, pese a que se querían y hasta se estimaban, no bajaban mucho la voz a la hora de discutir sobre el gobierno de Perón. Justo es decir que ninguno se callaba la boca. Ni siquiera delante del servicio doméstico Gestapo peroniana que, como recuerda Mirta Legrand, se esmeraba en la delación de los contreras, como se llamaba entonces a quienes poco tiempo después devendrían gorilas.

Mi padre era una persona particularmente respetada en el ámbito familiar. Respetada y casi admirada. Tengo presente el siempre elogioso comentario - Es un hombre excelente, tan buen padre, tan buen marido- a lo que seguía la condena inevitable, que delante de mí y de mis hermanos se decía en voz baja: lástima que sea peronista… Y yo sabía que el hombre, marido y padre que era, efectivamente, bastante excelente y bueno, aunque no perfecto, no robaba, no mataba, y no obligaba a los transeúntes a desafinar la Marcha o a ponerse el luto por la muerte de Evita.

Cuando vino la Libertadora, la pasamos mal. No por perder trabajos o ser echados de escuelas, lo que no ocurrió al menos con nosotros. Mi Viejo pasó en abril supongo del ’56 unas horitas en Coordinación Federal. No digo que la haya pasado bien, pero supongo que debe haberse sentido bastante realizado con ese mínimo aporte a la Resistencia. Soportamos, eso sí, frecuentes llamadas anónimas e insultantes. No eran secuestros, torturas o fusilamientos, pero yo no las vivía con felicidad.

Y vinieron los fusilamientos de junio. En casa no sabíamos nada de la conspiración y del levantamiento del general Valle y sus heroicos compañeros y los vivimos con estupor y espanto.

Después siguió la vida, y yo volví a la escuela. Y allí escuché a un compañero, un pibe de trece o catorce, que decía las palabras del título: estaban bien fusilados porque lo querían traer a Pocho.

No odié a mi compañero. Es más, no creo haber odiado a nadie en los sesena y tres años siguientes. Me he indignado, me he enfurecido, pero el odio es un sentimiento que no creo haber experimentado nunca. Me crucé personalmente con Jorge Videla, ya retirado, en una entidad financiera militar, y NO LO ODIE. No me vanaglorio de no haberle saltado al pescuezo y haberlo degollado como dice hoy cierto periodista mercenario que estuvo por hacer cuando siendo colimba cordobés se cruzó con el Cachorro Menéndez. No fue miedo a los custodios que seguramente me iban a romper a patadas si lo intentaba. No sentí el impulso. Porque, aun entonces, no lo odié.

El odio SIEMPRE ha tenido otra dirección. La gente baja ya no domina, decía Juan Cruz Varela, No ahorre sangre de gauchos, bramaba el Gran Sanjuanino y ni ellos ni los que lo siguieron se quedaron en las palabras.

Es por ese recuerdo, que ha seguido siendo alimentado por décadas, que el pretendido historiador cede la conmemoración de los crímenes de 1956 al mediocre estudiante pavote que se enteró que Lizazo, Cortiñez, Brion o el mismo Valle estaban bien muertos porque lo querían traer a Pocho.

Enrique Manson

10 de junio de 2019

Dejá tu comentario